Estadios en México: Otra zona de guerra

Por Aldair Teutle
Artículo periodístico

Estadios en México: Otra zona de guerra

El deporte de mayor popularidad en México es el futbol. Dada la pasión que existe, la FIFA (Federación Internacional de Futbol Asociación), ha otorgado a la nación la sede de dos Copas del Mundo, en 1970 y 1986.

El entorno futbolístico nacional suele ser pacífico y recreativo. Sin embargo, en los últimos años, los estadios se han convertido en verdaderos campos de batalla al estilo sudamericano, siendo peligrosos para las familias principalmente, que asisten a una distracción sin riesgos aparentes.

Nuestro país se ha caracterizado por contar con pocos casos de violencia en los estadios, pero el espectáculo es cada día menos seguro, y las “barras” o porras suelen caer en el fanatismo, ocasionando el desorden y por ende, un caos entre los asistentes que van a observar a su equipo favorito.

La agresividad no solo viene de parte de los integrantes de las barras. Los jugadores suelen agredir verbalmente a los árbitros sin que mucho o nada les suceda, y por lo cual, se incita a calentar el ambiente y los ánimos de la gente.

Tal como ocurrió en el clásico tapatío del fin de semana pasado en el estadio Jalisco, entre el Atlas y el Guadalajara, donde la riña generada dejó como saldo a un policía muerto y ocho consignados.

Esto se vuelve cada vez más común. Las agresiones dentro y fuera de la cancha deben reprobarse por completo. Así como todo tipo de acciones que generen inseguridad dentro y fuera de los recintos. Los jugadores como profesionales, deberían de comenzar por establecer un marco de respeto y comportamiento sano, ya que ellos pueden poner el ejemplo, a los niños principalmente.

El origen de las porras mexicanas se remonta a los encuentros mantenidos por los equipos de futbol americano Pumas de la UNAM y Burros Blancos del Politécnico. Originalmente familiares y amigos de los integrantes de cada conjunto eran los encargados de brindar porras y animarlos en los encuentros.

Esto agregó simpatizantes a cada escuadra y la función principal de apoyar era la de crear cánticos que alentaran a los jugadores. Algunas veces, buscaban ofender y provocar a los seguidores contrarios y a partir de ahí, nació el término “porro” para denominar a estos aficionados.

Esta situación se extendió a otros deportes, ya no solo en el fútbol americano colegial o en el futbol mismo encontramos esto, los demás también tienden a seguir el mismo patrón.

Las emociones generalmente se pueden definir como una tendencia a actuar de manera específica ante situaciones y estímulos determinados.

Dicho esto, la agresividad sería una serie de conductas en las cuales abarcarían aspectos como los de defensa, ataque, lucha y huida.

Esto se cumple durante un partido de futbol, ya que el entrenador formula la estrategia a desarrollarse en un encuentro según las características del conjunto contrario y las cualidades de sus jugadores.

De igual forma también plantea la manera en la cual se ha de atacar al equipo contrario y también de qué manera defenderse de sus contraataques; es una de las partes bellas del juego y de la esencia del mismo, pero cuando esto se traslada a las gradas, se convierte en una batalla campal entre aficionados y en ello recae el problema, en que muchas veces no existen las condiciones para la seguridad de los espectadores que quedan como víctimas colaterales de aquellos que generaron algún disturbio o enfrentamiento.

Jeremy MacClancy, escritor inglés del libro “Deporte e identidad”, nos dice: –“El deporte no es un reflejo aislado de la sociedad, es parte integral de la misma”. Debemos de entender que el fútbol no genera violencia por sí mismo.

Ésta se genera en una sociedad donde existe incertidumbre política, desempleo, pobreza, nacionalismos exacerbados que generan racismo, falta de educación, etcétera, y toda esta presión contenida en la población, toma un escape esencialmente en deportes que generan una gran pasión como el balompié.

Pensamos que esta se genera en una sociedad donde hay incertidumbre política, desempleo, pobreza, nacionalismos exacerbados que generan racismo, falta de educación, y toda esta presión contenida en la gente, toma escape en los partidos de fútbol.

La solución más efectiva no es crear una policía especializada que esté a cargo de las barras, ni tampoco suspender la venta de alcohol en los partidos.

Una alternativa para detener el quebrantamiento de la seguridad puede encontrarse en la instalación de un sistema de seguridad, el cual permita identificar qué individuos causan los altercados y por ende, en el futuro prohibirle el acceso de por vida a los espectáculos deportivos. Un factor importante a considerar es la corrupción, ya que con este mal, merma todo a su paso.

Hinchas en combate quebrantaron el orden.

Hinchas en combate quebrantaron el orden. Foto: Google imágenes.

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Publicado el 25 marzo, 2014 en Sin categoría y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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